jueves, 21 de marzo de 2013

¿No somos nadie sin dinero?

Hace unos días hablé con un buen amigo mio. Después de más de 10 años en la misma empresa, lo han despedido. Lo he visto contento y de buen humor, aunque probablemente sea una máscara con la que ocultar su frustración.
 
Como Javi, mi amigo, yo también estoy desempleada. Duele ver como has cumplido 30 años y no tienes un trabajo con el que sustentarte. He estado pensando mucho y mi prima tiene razón. Una vez dijo: "no somos nadie sin dinero".
 
Ganar un sueldo al mes, no sólo garantiza el alimento, sino también nuestra situación social e incluso la felicidad. Me explico, por poner un ejemplo, si cuando teníamos 5 años nuestros padres tuvieron los suficientes o insuficientes ingresos para matricularnos en un determinado colegio, probablemente no hubiésemos conocido a nuestro mejor amigo, viviríamos en otro barrio, tendríamos otras aficiones, practicaríamos otros deportes e incluso tendríamos otra ideología política o no la tendríamos.
 
Si a los 18 años no hubiésemos tenido 1.000 pesetas para entrar en la discoteca, no hubiésemos conocidos a nuestro primer amor. Quizá hubiésemos conocido a otra persona, pero en otro lugar, en otro contexto. Por tanto, la economía afecta hasta a nuestros sentimientos y emociones.
 
Sin embargo, hace dos días conocí a un holandés que me hizo recordar la importancia de las decisiones que tomamos a diario.
 
El miércoles por la mañana se presentaba como otro día más del desempleado extranjero en Holanda. Desayuno, compra en el super y después pasar el resto de la mañana mandando currículos por internet. Entonces Lola me llamó para tomar un café en el centro.
 
Estuvimos hablado de lo difícil que es encontrar un empleo, incluso aquí en Holanda, donde la crisis económica pasó de largo hace tiempo. Mi amiga me sugirió ir a preguntar a algunos bares y ofrecerme como ayudante de cocina hasta que encontrara algo mejor.
 
Nos encaminamos en dirección a la estación. Los bares y restaurantes en los que entré a preguntar no necesitaban más personal por estar en temporada baja, y otros me ofrecían  sólo 4 euros la hora por dejarme la espalda y las manos limpiando, lo cual no es ni siquiera legal.
 
Cuando decidí volver a casa, pasé casualmente por la puerta de una empresa temporal, que nunca había visto. Entré a preguntar, y el holandés más arisco que había conocido hasta el momento me dijo: "tengo una oferta como account manager que encaja con tu perfil, mándame tu CV en cuanto llegues a casa a esta dirección y vuelve a las tres de la tarde para una entrevista"
 
No cabía en mí de gozo. Corrí hasta casa y se lo mandé, sudando por el sofoco lo llamé para confirmar que si había recibido mi CV. Él, más amable, me respondió que sí y me preguntó que si era italiana (por mi apellido), al contestarle, sorprendido me dijo: "hablas muy bien inglés para ser española".
 
Una ducha rápida y hora después estaba allí. Mi entrevistador se llamaba Erish, y así fue como empezó nuestra conversación.
 
Me preguntó que desde cuando estaba en Holanda, que cuales eran mis aspiraciones y me describió cual iba a ser el puesto de trabajo al que iba a presentar mi candidatura.
 
Cuando estaba rellenando mi ficha, me preguntó si tenía novio, y no sólo eso, si creía que era el hombre de mi vida. En ese momento pensé "¿está ligando o sólo quiere probarme hasta ver dónde está mi límite como empleada?" Decidí seguirle el rollo y contarle los detalles de mi vida privada, los que me convinieron claro está. El caso es que no fue nada mal, pues al final hasta encontramos una oferta de trabajo para mi novio.
 
Erish me aclaró la situación laboral de Holanda y cómo funcionaba la búsqueda de empleo en este país. Me dijo que no me conformara con menos de lo que merecía, que si alguien me decía que no podía trabajar allí porque sólo hablaba ingles, me estaba mintiendo. Es duro encontrar trabajo aquí aunque no imposible. Tras este momento de profunda reflexión, salto con otra de sus preguntas con segundas "¿Quieres tener hijos holandeses?".
 
Hace ya casi un mes de esta entrevista y finalmente no me llamaron. Sin embargo, ese día me sirvió para salir de la nube de negatividad en la que estaba inmersa, y para reforzar aún más mi creencia de que son nuestras decisiones las que nos llevan a conseguir nuestras metas.
 
Si no hubiera decidido salir de casa aquella mañana con Lola a tomar un café, nunca habría hecho esa entrevista, nunca habría sido consciente de mis posibilidades laborales en los Países Bajos y probablemente nunca habría conocido a este excéntrico holandés.
 
Mucha suerte a todos los que no sólo buscáis un trabajo, sino también una vida.

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